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domingo, 20 de octubre de 2013

0 Tiempo de dimisiones, por el caso Gescartera.


 

imputados en el caso gescartera
Imputados en el caso Gescartera

Cuánta razón tenía el ex presidente del Gobierno, Felipe González, cuando decía aquello de “quien aguanta, gana”. Puede que no resulte muy ético, pero políticamente es rentable. El Caso Gescartera constituye un buen ejemplo de ello.
En una atmósfera política enrarecida, los proyectos (empresariales y políticos) se posponen, al tiempo que los responsables de la cosa pública se hartan y, estén o no contaminados por el escándalo, se plantean la dimisión. Es una mera cuestión de aguante psicológico que opera según la siguiente ecuación: si dimito, pareceré culpable, si no lo hago, tendré que soportar la corriente de ataques e insinuaciones que me llegan de mis adversarios a través de los miembros de la oposición.
Hay otra variante, la que afecta al ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro: no soy responsable de lo ocurrido, pero sí lo es la persona a quien yo nombré o a quien me dijeron que nombrara (dimitió uno de sus dos números dos, su secretario de Estado de Hacienda, Enrique Giménez-Reyna). En otras palabras, Montoro está deprimido (nos puede suceder a todos), un poco harto de que la política económica se haya convertido en Gescartera, mientras asuntos como la nueva reforma del IRPF, la Ley de disciplina del déficit público, etc, hayan quedado relegadas a un segundo término. Especialmente, le duele que su principal colaborador le haya engañado. Total, que atraviesa su peor momento y siente la irrefrenable tentación de arrojar la toalla. Así lo ha confesado a sus íntimos, pero lo malo que tienen los íntimos es que otorgan consejos más guiados por el afecto que por la razón.
Otro tentado por la dimisión es el director general de RTVE, Javier González Ferrari, especialista en presentar dimisiones cada semana. Es decir, que cae constantemente en la tentación, sólo que Moncloa no le acepta la tal dimisión. Ferrari se niega a ser el ejecutor del plan de viabilidad de la radio televisión pública, lo que exigirá, entre otras cosas, reducir drásticamente la plantilla (ojo, no la plantilla de producción, sino la de administración, que se aproxima a las 3.000 personas sobre un total de 8.700 asalariados). Además, el plan obligaría a Ferrari a entrar en el proceloso mundo de la producción externa, de la que tantos listos se están beneficiando, incluyendo algunos “ex” de la propia casa.
Por último, otro que también ha sentido la tentación de tirar la toalla es el propio presidente de Telefónica, César Alierta. La gestión del día a día es comparativamente buena, pero Telefónica se ha convertido en un reino de taifas político: es como un pan-ministerio donde todos los ministerios quieren meter la cuchara, especialmente en Telefónica Media. Alierta lleva meses lanzando el mismo mensaje al Gobierno: ¿qué quieren que sea esta casa en general y Telefónica Media en particular? ¿Quieren que crezca, que mengüe? ¿Quieren crear el gran multimedia mediático en lengua castellana o se conforman con A-3 TV y Onda Cero? ¿Y quién quiere que lidere ese grupo? ¿Y con qué ideario? ¿Quieren que Terra-Lycos sea la base de la sociedad de la información en lengua castellana o simplemente que equilibre resultados? Lo que está unido a otra pregunta: ¿Desea el Gobierno que Telefónica invierta en red o va a permitir a los operadores virtuales que, a bajo coste, compitan con Telefónica sin obligarles a invertir en infraestructura propia? Preguntas sin respuesta capaces de desanimar a cualquiera. Incluso a César Alierta, un tipo con bastante aguante al que le encanta ejercer su cargo, pero que también dispone de posibles para retirarse del mundo de los negocios. Naturalmente, el Gobierno está muy ocupado con Gescartera como para responder a estas cuestiones o para renunciar a responder a ellas y permitir que Telefónica opere en un mercado libre, razón de la parálisis de la Compañía en muchos de sus frentes
 
Fuente: Diario hispanidad 25/09/2001

martes, 11 de junio de 2013

0 ETA nacio en un seminario

El vicepresidente primero, Mariano Rajoy, emplazó ayer a los obispos españoles a suscribir el Pacto Antiterrorista firmado entre el PP y el PSOE.

Otegui integrante de la banda terrorista ETA

Argumenta el amigo de Fraga que los prelados deben comprometerse con los problemas que afectan sensiblemente a la población española.

El comentario habría resultado gratuito si no fuera porque el antiguo obispo de San Sebastián, Mons Setién afirmó recientemente que firmar el citado pacto "iría en contra de los obispos vascos". Si a esto le añadimos que sendos sacerdotes católicos que desarrollan su actividad pastoral en San Sebastián se negaron a oficiar funerales por el eterno descanso del concejal de la ciudad guipuzcoana, Gregorio Ordóñez, tenemos la polémica servida.

Y la polémica tiene dos frentes: la iglesia y los partidos. En primer lugar porque la "Iglesia vasca" tiene una enorme responsabilidad en lo que ha venido en llamarse el "conflicto vasco". Algunos clérigos no han entendido que la Iglesia católica (universal) tiene una misión salvífica espiritual y que su compromiso con los problemas mundanos no puede pasar por el amparo del asesinato, la extorsión y el miedo.

Algunos clérigos de "boina calada" parecen más comprometidos con la "construcción nacional" que con la "extensión del Reino". Aquellos que descalificaron "a un tal Blázquez" no han asumido la trascendental tarea para la que han sido consagrados y andan como aquellos judíos de pistola en mano, coetáneos de Jesucristo, luchando por la "liberación" de los romanos. Estos tendrán que responder ante Dios y ante su conciencia por la situación de terror en la que viven miles de españoles vascos. Y sus superiores -aquellos que hablaban de los "obispos de ETA"- deberán responder también ante la transigencia irresponsable de haber cedido por "prudencia" ante una actitud tan profundamente anticristiana.

Y a la situación de la Iglesia católica en Vascongadas (no confundir con Iglesia vasca, pues esta última no existe) se suma la codicia de los políticos. El pacto antiterrorista firmado entre el PP y el PSOE tiene mucho de pacto de Estado por las libertades y mucho también de electoralismo como denuncia "aitá" Arzalluz. Por otra parte, goza de una enorme contradicción exhortar a la Iglesia sumarse a un pacto político cuando permanentemente se "exige" la reclusión a las sacristías. La Iglesia puede y debe pronunciarse sobre aquellos aspectos morales que lastran la convivencia de los españoles. Pero esto obviamente no significa sumarse a operaciones políticas de dudosa "pureza".

Y por si todo esto fuera poco, el presidente de la Fundación Encuentro, el clérigo Martín Patiño afirma que los obispos fueron cómplices del 23F". ¿El elefante blanco?...

Fuente: Diario Hispanidad 19/02/01

miércoles, 5 de junio de 2013

0 Presidente Bush

 
        
George W. Bush
                                                                                                                                 21-01-2001

GEORGE W. Bush se presentó ayer en su toma de posesión como un presidente integrador. Pero el segundo hijo de un presidente que llega a la Casa Blanca es también el primero que en 112 años no gana en votos populares y llega tras la polémica sobre la falta de recuentos de votos en Florida que determinó la suerte del Colegio Electoral. Necesitará algo más que los cuatro lemas -"civilidad, valentía, compasión y temperamento"- en los que se envolvió en su discurso para convencer a los americanos. Cada nuevo presidente que entra en la Casa Blanca suele generar una nueva ilusión. George Walker Bush no la ha despertado, pese a un discurso inaugural mucho más programático que el de sus predecesores.

Bush se tendrá que labrar una legitimidad. Pero tiene en sus manos un inmenso poder. Es también la primera vez, desde 1955, que los republicanos controlan al tiempo la Casa Blanca, la Cámara de Representantes y, aunque sea por el voto de calidad del vicepresidente Dick Cheney, el Senado. Las protestas paralelas han vuelto a aparecer en la toma de posesión presidencial de Bush, como sucedió en la ya lejana de Nixon en 1973, en plena guerra de Vietnam. Al menos pueden servir para calmar los ánimos de los demócratas que Clinton haya conseguido salir de la Casa Blanca cerrando el caso Lewinsky mediante un pacto con el fiscal especial Ray para acabar el asunto a cambio de admitir que mintió bajo juramento sobre sus relaciones con la becaria, una multa de 25.000 dólares y la suspensión temporal de su licencia de abogado en su Estado natal de Arkansas.

Clinton consigue poner fin a la pesadilla que le ha perseguido durante estos años sin pasar por la humillación de un perdón por parte de su sucesor y tras haber firmado, como último acto, la clemencia de un centenar de personas; entre ellas, un antiguo colaborador implicado en el caso Whitewater. Con vistas al futuro, el mensaje de unidad política, social y racial del nuevo presidente debe traducirse en medidas concretas. De momento, ha confirmado todo un programa: mejorar las escuelas, reformar la sanidad pública, reducir impuestos, luchar contra la pobreza, integrar a los inmigrantes y aumentar el gasto militar "para construir unas defensas a prueba de todo reto", lo que incluye el polémico escudo antimisiles. Así expuestas, las grandes diferencias no son tanto de política cuanto de talante y de personalidad, un factor crucial en las pasadas elecciones. Y la personalidad va a contar.

Bush ha nombrado un Gabinete claramente escorado a la derecha -especialmente con la designación del ultraconservador John Ashcroft como fiscal general-, pero con pesos pesados y experimentados en su seno. Esto puede ser positivo, pero Bush tendrá que demostrar su capacidad para dirigir el Ejecutivo no como un consejo de administración, sino como un líder político, y evitar que el Gabinete se divida en reinos de taifas abiertos a los grupos de presión. Bush entra en la Casa Blanca cuando la economía se está enfriando y las familias se muestran más prudentes ante el consumo y ante el endeudamiento, en contraste con la pretérita "exuberancia irracional" contra la que previno en 1996 el presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan.

Quizá en tales tiempos peores, la reducción de impuestos no venga mal para suavizar ese aterrizaje. Bush se presenta como un presidente menos inclinado a que EE UU intervenga en el extranjero, más propicio a participar para preservar el equilibrio de poderes -es decir, la preponderancia de la hiperpotencia que preside- que directamente en conflictos, tal como subrayó ayer mismo. La intención declarada unos días atrás por Bush de que EE UU deje de financiar a organizaciones internacionales que defiende o fomentan el aborto en el Tercer Mundo es preocupante. Bush apunta una política exterior más unilateralista, lo que deja aún menos papel a las organizaciones de gobernación global, como la ONU. Pero quizá así Europa se ponga las pilas de una vez y reduzca su dependencia respecto al poderío de EE UU.

Fuente: Diario El Pais
 

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