21-01-2001
GEORGE W. Bush se presentó ayer en su toma de posesión como un presidente
integrador. Pero el segundo hijo de un presidente que llega a la Casa Blanca es
también el primero que en 112 años no gana en votos populares y llega tras la
polémica sobre la falta de recuentos de votos en Florida que determinó la suerte
del Colegio Electoral. Necesitará algo más que los cuatro lemas -"civilidad,
valentía, compasión y temperamento"- en los que se envolvió en su discurso para
convencer a los americanos. Cada nuevo presidente que entra en la Casa Blanca
suele generar una nueva ilusión. George Walker Bush no la ha despertado, pese a
un discurso inaugural mucho más programático que el de sus predecesores.
Bush se tendrá que labrar una legitimidad. Pero tiene en sus manos un inmenso
poder. Es también la primera vez, desde 1955, que los republicanos controlan al
tiempo la Casa Blanca, la Cámara de Representantes y, aunque sea por el voto de
calidad del vicepresidente Dick Cheney, el Senado. Las protestas paralelas han
vuelto a aparecer en la toma de posesión presidencial de Bush, como sucedió en
la ya lejana de Nixon en 1973, en plena guerra de Vietnam. Al menos pueden
servir para calmar los ánimos de los demócratas que Clinton haya conseguido
salir de la Casa Blanca cerrando el
caso Lewinsky mediante un pacto con
el fiscal especial Ray para acabar el asunto a cambio de admitir que mintió bajo
juramento sobre sus relaciones con la becaria, una multa de 25.000 dólares y la
suspensión temporal de su licencia de abogado en su Estado natal de Arkansas.
Clinton consigue poner fin a la pesadilla que le ha perseguido durante estos
años sin pasar por la humillación de un perdón por parte de su sucesor y tras
haber firmado, como último acto, la clemencia de un centenar de personas; entre
ellas, un antiguo colaborador implicado en el
caso Whitewater.
Con vistas al futuro, el mensaje de unidad política, social y racial del
nuevo presidente debe traducirse en medidas concretas. De momento, ha confirmado
todo un programa: mejorar las escuelas, reformar la sanidad pública, reducir
impuestos, luchar contra la pobreza, integrar a los inmigrantes y aumentar el
gasto militar "para construir unas defensas a prueba de todo reto", lo que
incluye el polémico escudo antimisiles. Así expuestas, las grandes diferencias
no son tanto de política cuanto de talante y de personalidad, un factor crucial
en las pasadas elecciones.
Y la personalidad va a contar.
Bush ha nombrado un Gabinete claramente
escorado a la derecha -especialmente con la designación del ultraconservador
John Ashcroft como fiscal general-, pero con pesos pesados y experimentados en
su seno. Esto puede ser positivo, pero Bush tendrá que demostrar su capacidad
para dirigir el Ejecutivo no como un consejo de administración, sino como un
líder político, y evitar que el Gabinete se divida en reinos de taifas abiertos
a los grupos de presión. Bush entra en la Casa Blanca cuando la economía se está
enfriando y las familias se muestran más prudentes ante el consumo y ante el
endeudamiento, en contraste con la pretérita "exuberancia irracional" contra la
que previno en 1996 el presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan.
Quizá
en tales tiempos peores, la reducción de impuestos no venga mal para suavizar
ese aterrizaje.
Bush se presenta como un presidente menos inclinado a que EE UU intervenga en
el extranjero, más propicio a participar para preservar el equilibrio de poderes
-es decir, la preponderancia de la hiperpotencia que preside- que directamente
en conflictos, tal como subrayó ayer mismo. La intención declarada unos días
atrás por Bush de que EE UU deje de financiar a organizaciones internacionales
que defiende o fomentan el aborto en el Tercer Mundo es preocupante. Bush apunta
una política exterior más unilateralista, lo que deja aún menos papel a las
organizaciones de gobernación global, como la ONU. Pero quizá así Europa se
ponga las pilas de una vez y reduzca su dependencia respecto al poderío de EE
UU.
Fuente: Diario El Pais